LUDISMO. De los telares a los algoritmos.

 

¿Es la IA el nuevo 1811?

Cuando aún ni tan siquiera, los mindundis de a pie habíamos oído hablar de Inteligencia Artificial, el periodista sevillano Antonio Burgos escribía una columna en el periódico “La Voz de Cádiz”, el domingo 26-12-2004 que titulaba: "Internet, dios de nuestro tiempo". Entre las muchas afirmaciones que vertía estaban aquellas de: “Internet está ya sacralizado hasta ortográficamente” o “Internet es el nuevo púlpito desde donde se proclama las verdades de lo políticamente correcto en nuestra sociedad sacralizada. Te aseguran cualquier cosa y cuando preguntas qué dónde lo ha leído, dónde lo han oído, te dicen con la nueva fe del repartidor del butano, que es la vieja fe del carbonero: lo he visto en Internet”...

¡Cuánto me gustaría que el sr. Burgos escribiera este mismo artículo hoy en día!

Tras este inciso sobre el gran maestro del periodismo, empezaré este artículo intentando desmontar ese mito “destructor de máquinas", que llegó a convertirse en un fenómeno de proporciones históricas y sociales sin parangón, conocido peyorativamente como “Ludismo”, un término que también se ha utilizado con el mismo sentido semántico, como sinónimo de ignorante o tecnófobo. Sin embargo, si nos atenemos a los hechos estrictamente históricos, el ludismo fue un movimiento de protesta surgido en Inglaterra a principios del siglo XIX (aprox. 1811-1816), protagonizado por artesanos y trabajadores cualificados que destruían maquinaria industrial (telares, trilladoras, etc.). Rechazaban la automatización por considerarla culpable de la pérdida de empleo, reducción de salarios y deterioro de sus condiciones laborales.

Pero... ¿Quién fue realmente el protagonista estrella de este movimiento? Bueno aquí empieza la controversia: ya que hay quienes opinan que probablemente, Ned Ludd nunca existió, sino que su figura fue una máscara bajo la cual se refugiaron numerosos trabajadores de la región que, décadas después, utilizaron el sabotaje y la destrucción de máquinas como una forma de negociación colectiva ante los patronos.

Otros estudiosos, opinan que aunque no se ha encontrado prueba real de su existencia, se cree que era originario de la aldea de Anstey, en las afueras de Leicester y cuyo verdadero apellido era Ludlum.

Sea como fuera, sus seguidores, a principios del siglo XIX destrozaban la maquinaria en las fábricas de los condados de Yorkshire y Nottinghamshire, temerosos de que aquellos nuevos aparatos pusieran en peligro sus trabajos y su subsistencia. Fuera cual fuese el motivo de su causa y la verdad de sus luchas, lo pagaron muy caro, ya que fueron perseguidos y terminaron en la horca.

Ludd y sus seguidores se empeñaron en una batalla sin el menor atisbo de esperanza, “detener el futuro” y claro, como todo aquello que pretende ir en contra de la evolución termina por claudicar, ser derrotado. Si tuviéramos que arriesgarnos a dar un titular, diríamos que su mayor contribución a la historia, de hecho, fue la de dar un nombre -luditas- a todo aquel que se opone desesperada y vanamente a la innovación tecnológica.

Sin embargo, no obviemos la realidad, los luditas no fueron ni los primeros ni los últimos en oponerse a los avances naturales de la ciencia, al desarrollo de la tecnología, al progreso, es decir, a algo tan natural como es la propia evolución de la vida en cualquier orden.

Al igual que los luditas originales, los de hoy en día, los adversarios del auge de Internet en cualquiera de sus facetas, y sobre todo de la IA, pronostican con frecuencia los efectos terribles de estas nuevas maneras de hacer las cosas. De una forma mucho menos general y apocalíptica, el neoludismo se contenta a menudo con seguir dudando de que Internet y las nuevas tecnologías informáticas realmente nos aporten beneficios y de si en verdad estamos mejor de lo que estábamos antes de su advenimiento.

Hoy no se rompen telares, pero ha surgido algo parecido: el neoludismo es una actitud crítica frente a las nuevas tecnologías, especialmente frente a la Inteligencia Artificial generativa (IA capaz de crear textos, imágenes o música).

Quienes adoptan posturas neoluditas no suelen odiar la tecnología en sí, sino que desconfían de su uso sin control. En el caso de la IA generativa, las preocupaciones son claras: sustitución de empleos, pérdida de creatividad humana, uso de datos sin permiso o difusión de información falsa. ¿Quién es el autor de un texto escrito por una máquina? ¿Qué ocurre si un algoritmo decide por nosotros?

Sin embargo, la historia nos enseña algo importante: la tecnología no es neutral, pero tampoco inevitablemente negativa. La clave está en cómo la sociedad la regula y la utiliza. La IA puede ser una herramienta poderosa para aprender, investigar o crear… si se usa con criterio.

Más que rechazarla o aceptarla sin pensar, el verdadero reto es comprenderla, debatirla y educar sobre ella. Porque el futuro no se detiene, pero sí puede construirse mejor.


Para finalizar este artículo, voy a intentar dejar constancia de mi postura frente a quienes temen a este brutal desarrollo tecnológico, con una simple reflexión histórica:

A lo largo de la historia, cada gran innovación ha despertado miedo. La escritura, la imprenta, la electricidad o Internet fueron vistas, en su momento, como amenazas al orden social, al empleo o incluso a la mente humana. El rechazo actual a las nuevas tecnologías y a la Inteligencia Artificial forma parte de ese mismo patrón profundamente humano: temer aquello que transforma nuestra forma de vivir y de entendernos.

A los neoludistas de hoy habría que recordarles que la historia no avanza preguntando si queremos el cambio, sino cómo lo gestionamos. Oponerse frontalmente a la tecnología no la detiene; solo deja fuera del debate a quienes más podrían aportar una mirada crítica y ética. La cuestión no es si la IA debe existir, sino quién la controla, con qué valores y para qué fines.

La tecnología amplifica lo que ya somos: puede aumentar desigualdades o reducirlas, alienar o emancipar. La diferencia no la marca la máquina, sino las decisiones humanas. Por eso, más que destruir herramientas o negarlas, el verdadero acto responsable es conocerlas, cuestionarlas y educar para usarlas bien.

La historia enseña una lección clara: el progreso sin reflexión es peligroso, pero el rechazo al progreso suele ser estéril. El camino intermedio —crítico, informado y humano— es el único verdaderamente transformador.

No debemos preguntarnos si las máquinas pueden pensar como humanos, sino cómo los humanos podemos aprender a convivir con ellas de forma útil y responsable.” Alan Turing (adaptación contemporánea)

FUENTES CONSULTADAS:

Internet. Una indagación filosófica. Gordon Graham. Frónesis Cátedra Universitat de València

Wikipedia

Algunas de las afirmaciones y definiciones aquí vertidas, han sido contrastadas por IA (ChatGPT y Géminis)

Las imágenes han sido generadas por las herramientas de IA: Geminis y NotebookLM.

He mejorado algunas de las imágenes y hecho la composición de cabecera con Photoshop.


Gracias y suerte.

Paco Gil Pacheco (@PacoGilBarbate)




Comentarios

francisco nadales ha dicho que…
Por ejemplo en relación con tu artículo sobre aplicaciones de IA. en el El Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba: Detección precoz del Cáncer de Mama. Optimización de Trasplantes Hepáticos. Medición de Calcio Coronario para determinar si es necesario llevar a cabo un cateterismo. Esto, solo son algunos ejemplos del uso que estamos haciendo a diario de la IA. El progreso nunca es retroceso, es caminar siempre hacia adelante.