Hoy me he perdido en mí. Me he perdido en las historias de esos personajes sin importancia que se cruzan por nuestras vidas y de las que ni tan siquiera somos conscientes. Por un instante he sido cualquiera de ellos, me he metido en cada uno sin pedir permiso alguno, con el único objetivo de intentar entender quién soy realmente. Todo sucede en unos de esos lugares en los que parece que nunca suceden nada. Esta es una historia de carácter intimista que rebusca en ese cajón perdido de mi yo más profundo si, ¿realmente somos lo que vemos o lo que proyectamos en los demás?
«A veces, nuestra existencia nos pesa. Nos gustaría liberarnos, aunque sólo fuera por un instante, de las necesidades que esta conlleva. Darnos en cierto modo unas vacaciones de nosotros mismos para recobrar el aliento, para descansar». “DESAPARECER DE SÍ”. Una tentación contemporánea. David Le Breton. Biblioteca de Ensayo SIRUELA.
Cuando de pequeño me preguntaban por lo que quería ser de mayor, al margen de un deseo inconfesable - todos lo hemos tenido -, indefectiblemente contestaba: “invisible”. De ahí que una de mis aficiones preferidas sea la de sentarme, en uno de esos lugares en los que parece que nunca pasa nada, en donde más que darse casualidades nuestras vidas se sincronizan con las de los demás, liberarme de mi mismo e intentando captar las tormentas de mi alma. Observar cualquier cosa; un árbol adormilado o meciéndose, la caída en parapente de unas hojas, esa pesada mosca que para que deje de molestarte la adoptas, un banco vacío, viandantes que pasean sus mochilas llenas de vida, esperanzas y podredumbre; en fin, como un observador mimético me definiría a mi mismo. Cualquier cosa a mi alrededor, viva o inerte, cualquier cosa por muy dispares que parezcan y que empujan las ruedas del gran mecanismo que constituye este tejido humano que entre todos formamos, para mi, tiene su encanto, me embruja me abstrae y me sumerjo en la penumbra de mi propia sombra
Mi ego, observador, sufre un subidón al ver pasar a la gente, seres humanos, algunos sin rostros que me transportan a mi mismo, a mi más profundo ser. Cuando ante mi se sucede un desfile, de rompan filas de personas como yo, trato de meterme en su interior, intuir sus historias y formar parte de ese elenco de actores que forman parte de la "troupe" ferial de sus vidas: lo que se cuentan así mismo, a sus acompañantes; y me pregunto, al mismo tiempo en, si estaré influyendo en cada una de sus historia. Siento que entre nosotros se da a la vez el efecto espejo y el efecto de complementariedad; siempre me veo reflejados en ellos al mismo tiempo que en cada uno encuentro lo que a mi me falta.
Dicen que el sólo hecho de observar, modifica lo observado, pero no estoy muy seguro, si fuera así intentaría mitigar el sufrimiento de los demás; pero la verdad es que no estoy seguro de casi nada, sin embargo, de lo que sí lo estoy es de que somos de dónde venimos y que paso a paso vamos eligiendo nuestro próximo destino.
En uno de mis muchos paseos, por cualquier lugar y en cualquier momento, por ejemplo hoy, en una alameda de Talavera de la Reina (Paseo de los arqueros), como parte del paisaje que soy, me permito, desde mi privilegiada situación mimética, confundirme con los viandantes y fisgonear en los rincones más íntimos de cada uno de ellos, intentar llegar a sus almas; ser ellos en definitiva. Otra manera de vivir es creer que vives la vida de los demás. En mi sempiterna posición dubitativa, no sé exactamente si esto es o no lo correcto, lo más ético, o lo que más me conviene, pero es una de mis muchas maneras de empatizar.
Por ese fenómeno de transferencia mental intuyo que el señor mayor que está sentado en un banco próximo al mío, está pacientemente esperando a la parca y por su aspecto intuyo que la está mirando cara a cara, sin miedo y cierto halo de esperanza en que de momento le pase de refilón, aunque el cansancio le abruma y desearía descansar; son muchas las bitácoras que ha completado, y muchos los puertos en los que ha atracado. Sus ojos, de una transparencia semi opaca, clavados no sé donde, rezuman una dignidad que envidio profundamente.
Me vuelvo, y en la otra orilla de la alameda, frente a mí y sólo a escasos veinte metros de distancia, una joven pareja con un niño pequeño, de no más de dos años. Parece como si la vida le estuviese pasando por encima de una manera brutal, no se muestran lo cariñoso que cabría esperar, la chica agitada y peleona, él, su pareja, perdido en su mundo, que en ese momento no debía de ser fácil, supongo que esperando el momento de salir de esta laberíntica tela de araña que los atrapa y se deshaga el encanto maligno que los envuelven.
Un señor al pasar frente a mí, hace que desvíe la mirada y lo salude cortésmente. Es un señor casi esquelético y alto, como un junco viejo, encorvado va arrastrando su cansada osamenta a punto de ser aplastada por el peso de la mochila de su vida y muchos años. De aspecto claramente quijotesco después de una de las numerosas palizas recibidas. De pose altanero y señorío en sus gestos.
Giro a mi izquierda un poco la cabeza para observar a dos señores, que como el anterior, sacan a pasear sus muchas primaveras en el otoño de sus vidas. A estos, como fieles escuderos, los acompañan sendos bastones que dan porte, altanería caballeresca y dignidad a sus andares. Charlan animadamente, entiendo que la conversación debe ser del agrado de ambos, sus medias sonrisas los delatan.
Una señora, de edad indefinida, se coloca frente a mí, se apoya sobre un taca taca y la acompaña un chico de aspecto sudamericano o caribeño. Van conversando animadamente y parece que la charla complace a ambos. Permitidme arreglar el aforismo de “edad indefinida”, porque no creo que andara muy desencaminado si afirmara que la señora aparentaba ser octogenaria por largo. Su fragilidad ósea, que aguanta a un cuerpecito más bien rechoncho y destartalado, es más que patente que dificulta su ya complicada armonía de movimientos .
Me he abstraído tanto, me he mimetizado tanto, que he olvidado dónde estaba. Me ha despertado de este profundo embeleso una ligerísima brisa fresquita que hace que me traslade por segundos a mi pueblo, a Barbate. Son las ocho de la tarde y el calor sofocante de este mes de junio me tiene agobiado y solo mi propio sudor me refresca
Posiblemente momentos como este son los que ciertamente me hacen feliz, momentos en los que formo parte del todo y conformo un elemento más del paisaje confundiéndome con las sombras.
La variedad de personajes que desfilan son múltiples como la vida misma; sin embargo, la gran mayoría se ajustan a los patrones descritos.
En ocasiones, muy de vez en cuando, pasa alguna pareja de jóvenes, otros solos o en pequeñas tribus, pero estos pertenecen a otra historia, no forman parte del paisaje habitual del cuadro, ni están dentro de esta paleta de colores. Están fuera de lugar, sus vidas, sus deseos, sus necesidades son otros. Aquí como una imagen disruptiva rompen el paisaje, sólo están de paso para sumergirse en otra dimensión, sin preocuparse, como es su deber, de que más tarde deberán volver a deshacer el camino de están haciendo, volver regresar.
Un bastón sale al rescate de una persona de edad avanzada para ayudarla a mantener la dignidad de la que hizo gala en tiempos mejores.
Como por arte magia un gorrión me rescata y me hace volver a la realidad después de no sé cuánto tiempo, me levanto, recojo mi sombra y emprendo el camino de regreso, vuelvo a casa y como la mayoría de las veces con la desazón como compañera. ¿Fue todo verdad? ¿Es este el mundo real? Mi escepticismo, mi racionalismo, que me hace dudar de todo intenta desglosar todos los hechos, ordenarlos y darles un sentido, pero no consigo conformar el puzle que me dé certeza sobre lo observado. Al final, me voy como siempre, sin nada y con un montón de dudas, con más preguntas que respuestas. Sin embargo, con la misma firmeza de siempre, de seguir preguntando, de intentar obtener respuestas. Aunque veréis, a veces, quisiera convencerme de la necesidad, a estas alturas de mi vida, de creer prácticamente en todo, pero es sólo una ilusión, un espejismo fruto de la paradoja andante que soy.
En cualquier lugar siempre hay un refugio en el que a nadie le importa quien eres. Ojalá lo encontrara. ¿?
Llamamos "coincidencia" a aquello cuyas relaciones de causa y efecto no sabemos establecer o no nos atrevemos a confesar. Carl Gustav Jung.
Hasta luego y suerte.
NOTAS.
Algunas expresiones aquí usadas han sido fruto de la lectura de los libros "Misterio en el Barrio Gótico", de Sergio Vila-Sanjuán- y "Está lloviendo y te quiero" de Antonio Mercero.
He usado la aplicación de Gemini (NANO BANANA de Google) para ambientar "El paseo de los arqueros de Talavera de la Reina un día otoñal y no como ese día agobiante del mes de junio.
Photoshop para mejorar la calidad de algunas de las imágenes y realizar la última composición.










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Rosa Pérez
Rosa Pérez